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 Un micrófono

La jubilación

Dedicatoria


A mis ex-compis del RCF, con el deseo de continuar siendo merecedor de su amistad.



Llegados a este punto de la evolución, la división marxista de la sociedad en clase obrera o proletaria, artesanato y burguesía, ha quedado desfasada y solo sirve para uso lúdico entre creyentes del sindicalismo. El concepto de proletariado parece ser que lo acuñaron los romanos para referirse a la gente que no tenía propiedades y únicamente podía aportar hijos para el ejército. Les debemos muchas cosas a los romanos. También hubo referencias al proletariado como clase social obligada a depender de su prole para sostenerse en la vejez; en tiempos de mis abuelos, a los varones solteros se les llegaba a exigir hasta la mitad del sueldo. Y entonces llegó ella: La Jubilación.

Jubilarse significa dejar de trabajar y, encima, continuar cobrando. Dicha situación no agrada a todo el mundo, hay quienes toman partido por la extinción masiva de las personas jubiladas. Piensan conseguirlo obligándolas a seguir en el brete hasta caerse muertas cualquier día antes de fichar salida. Esas malas personas que se jubilan (perdón, se retiran) antes que nadie, no cesan de aprobar leyes para alargar la vida laboral y recortar la paga de jubilación, con la vil excusa de que las pensiones no se pueden sostener porque la gente cada vez vive durante más tiempo. Pero cuando los bancos meten la pata y pierden unas cuantas decenas de miles de millones, no hay problema en regalarles el dinero que haga falta. Ah, cuántos crímenes se están cometiendo en el nombre actualizado de Dios, también llamado Mercado en los templos del parqué. Por lo que a mí respecta, cualquiera que ose hablar de soluciones, mejoras, propuestas y zarandajas varias para las personas jubiladas, sin intención de cambiar por completo el sistema actual para mayor bien de las mismas, puede enviar su discurso al famoso lugar donde picó el pollo, cuyo nombre mencionó en alta voz y por la televisión pública mi insigne tocayo Fernando Fernán Gómez. Lo que se necesita es respeto y medios para llevar una vida descansada, además de reconocimiento por la pasta gansa que su trabajo ha dejado en los bolsillos de los consejos de administración y de las directivas empresariales. Quienes han trabajado y trabajan aportan los bienes objeto de la especulación financiera: metales, petróleo, programas, algoritmos, vivienda, alimentos y todo tipo de productos para el consumo, además de ocuparse de su distribución, venta y gestión. Ese reconocimiento debe materializarse en forma de pensión digna, que permita vivir la última etapa sin preocupaciones, disfrutando de todo lo bueno que ofrece la vida. Si opinas que las pensiones de jubilación las tienen que pagar quienes estén trabajando, o las propias personas jubiladas con planes financieros, deberías cumplir condena por ser mala gente con premeditación y alevosía, obligándote a vivir sin otro ingreso que el mínimo por jubilación a la fecha de esta publicación. Las pensiones las tendría que abonar el Estado con cargo a los presupuestos generales, y deberían salir de los impuestos a las empresas y/o a las grandes fortunas, receptoras de los beneficios que el trabajo de las personas les aporta. Ya está bien de engaños, truculencias y falsedades. La jubilación debería ser voluntaria a partir de los sesenta o con más de treinta años trabajados, sin recortes de ningún tipo si se cumple cualquiera de esas dos condiciones. Hay dineros en el mundo —y en España— para eso y para más, solo es cuestión de recortar de donde sobra, y sobra mucho, en lugar de donde siempre falta, que es lo que se está haciendo. La cuantía de la pensión no es tan importante como que permita una buena calidad de vida, se puede cobrar menos pero dejando de pagar luz, agua, gas e internet, buscando fórmulas para que las empresas que proporcionen esos servicios a pensionistas obtengan alguna compensación a cambio. Hay maneras, por supuesto que las hay, pero no se quiere ni pensar en ello. Tengamos en cuenta que el gasto, tanto en pensiones como en sueldos, regresa al consumo. Si la empresa A paga un x% más de impuestos para pensiones, ese dinero irá a parar a las empresas B o C, o incluso a la misma empresa A, a medida que vaya siendo empleado en bienes y servicios. Incluso si una parte se destinase al ahorro, también redundaría en beneficio de los bancos. Recordemos a Su Fordería1, que duplicó el salario a sus empleados para que pudieran comprar un automóvil de los que ellos mismos fabricaban. El dinero es uno de los pocos elementos que pertenecen por sí mismos a la economía circular, así que seamos consecuentes y mantengámoslo en circulación, en lugar de acumularlo en valores representativos del abuso de poder y de posición. En resumen, que ya va siendo hora de abusar menos y de repartir más y mejor.

Por si aún no te has percatado, te comunico oficialmente que ya estoy jubilado. La llegada de dicha circustancia supone un cambio en la vida, y uno trata de adaptarse lo mejor que puede y le permiten. Una vez (solo una en cuatro meses), me levanté de la cama con la sensación de llegar tarde al trabajo. En esa neblina que los malos despertares suelen generar, no alcancé a distinguir por completo la realidad hasta que al incorporarme me ví las barbas en el espejo del armario. Este hecho circustancial empujó a mi imaginación a filosofar, siendo así que, cuando me preguntan por qué me he dejado barba, me encuentro respondiendo una cosa u otra según lo que en ese momento me venga más a mano. Unas veces digo que ha sido para acompañar el cambio de vida con el cambio de imagen, lo cual no parece mala idea y reconozco que algo de eso ha habido; otras, que ya tenía ganas de dejar de afeitarme pero lo fui postergando hasta la jubilación, también cierto, y otras que para parecer un vejete respetable o simplemente por pereza. Sirva esta pequeña anécdota como ejemplo de la zozobra que a veces uno siente al estar sin obligaciones laborales (han sido bastante más de cuarenta años yendo y viniendo del tajo), así que a mi cerebro todavía le costará un poco completar su adaptación al nuevo esquema.

A medida que se acercaba el día señalado, y cuando me paraba a pensar en ello, mi estado de ánimo iba experimentando cambios sutiles, pero había dos que repetían: uno se podría definir como tan solo es cuestión de esperar, y el otro como estoy hasta los testes de currar, qué ganas tengo de jubilarme. Si te falta poco para jubilarte, y con poco quiero decir menos de un lustro, tal vez te interese conocer como he comenzado a vivir mi propia experiencia. Y aunque no te interese, lo voy a contar de todas formas.

Lo más destacable para este aprendiz —llegar a ser magíster jubilado lleva su tiempo—, es la ausencia de horarios impuestos. Salvo la hora de la comida, que ha de ser coordinada con la familia, cada actividad que emprendo sudece cuando me encuentro bien dispuesto y me apetece llevarla a cabo. Lo mismo estoy meses sin entrar a esta que web, que me da por reformarla y le dedico un día completo de la mañana a la noche; lo mismo no leo ni la hora en semanas, que acabo un buen tocho en dos o tres días. Dejar de estar atado al horario laboral para planificar y realizar actividades propias es uno de los beneficios que la jubilación me ha aportado. Otro de esos beneficios —a mi modo de ver— pudiera ser la salida de cierta jerarquía social. Ya no soy recadero, mozo de almacén, conductor de reparto, colmenero, contable, informático, parado o auxiliar administrativo, ahora soy: ju-bi-la-do.

Naturalmente que no dispongo de todo el tiempo a mi antojo, siempre hay tareas en casa, recados que hacer, visitas al médico etc. Lo realmente destacable es que ya no vivo esperando cada fin de semana, celebrando los puentes y calculando lo que falta para las vacaciones —suerte de haberlas tenido en los últimos años trabajados—, sino examinando tranquilamente un día tras otro.

Unos cinco años antes de ser pensionista por derecho empecé a planificar actividades que llevarme al coco, montando esta web, por ejemplo, donde doy salida a algunas aficiones como la escritura, la fotografía o la informática recreativa. Programar sin plazos de entrega tiene recompensa implícita. En el aspecto físico considero suficiente pasear y —por ahora— bajar y subir las escaleras de cuatro plantas. Los bailes sudamericanos o las sevillanas, siempre de moda en mi andaluza tierra, no son para mí. Los primeros conllevan coreografías demasiado juveniles, uno reconoce que ya no está para tanto meneo. En cuanto a las sevillanas, prefiero verlas bien ejecutadas a perpetrarlas como si persiquiera cucarachas marcando el compás. No faltarán ilustres varones —jubilados o no— que estén de acuerdo conmigo, pero a sus parientas les va el zapateo variado y ellos se sienten (están) obligados a dar la talla. Supongo que me puedo considerar afortunado al no tener exigencias danzarinas por parte de mi compañera. Ah, y el gimnasio descartado. Bastantes camiones descargué en mi juventud como para ponerme ahora a mover peso por gusto, de eso ni hablar. En el plano social, me he apuntado a la asociación de mayores del barrio. Ahí se juega al dominó (como no) al parchís y al ajedrez, se llevan a cabo actividades creativas y recreativas, se aprenden cosas nuevas, se baila (quién quiera), se charla y se convive con otras personas no pertenecientes al círculo familiar. Pienso que hacer algo útil fuera de casa también aporta su granito de arena a la calidad de vida que uno trata de conseguir.

Puestos a hablar de todo, hablemos también del aspecto más sombrío, por no decir realista, de la jubilación, que es el que tiene que ver con la edad. De repente, uno se da cuenta de que ya está en fase de descuento. La edad va pasando de ser una suma a la incógnita de no saber cuánto faltará para acudir a mi funeral. Llega un momento en que la muerte adquiere presencia: viene de camino y cada día que pasa es un día menos que falta para su llegada. Siendo esto desde el nacimiento evidente, es en la vejez cuando se hace presente. Mi pensamiento al respecto solo puede ser realista: nadie vive para siempre. Por una parte procuro verlo como algo normal, simplemente porque lo es. Por otra, al pensar en quienes me verán morir, sobre todo en los hijos, albergo la intención de causar las menos molestias posibles, cuidándome la salud para tratar de no ser una carga. Si me toca la rifa de la postración tendré que aguantarme, pero al menos no habré colaborado motu proprio. Le doy importancia a permanecer en el recuerdo —durante el tiempo que el mismo me tenga reservado— como alguien que contribuyó lo mejor que pudo a todo lo que le fue posible, y a poco más. El único balance que para mí cuenta es el que mis descendientes puedan hacer, todo lo demás pasa a segundo término. Si echas de menos alguna referencia religiosa, te aviso de que soy ateo convencido. Ni hubo, ni hay, ni habrá, dioses como las religiones cuentan, todos fueron, son y serán, producto de la humana imaginación. Respeto las creencias religiosas ajenas pero no las comparto, no las puedo compartir, toda vez que he buscado y he hallado.

A veces tengo la sensación de que mi vida ha transcurrido en un solo instante. Eso me deja desconcertado, preguntándome qué puñetas hago yo aquí. Pero ese desconcierto también dura un solo instante, porque mis recuerdos dan buena fe de lo vivido durante todos esos años que llevo contados. No ha sido un mero sueño.

La jubilación se asocia a la vejez y la vejez a la decrepitud, como se desprende del soneto que comienza Miré los muros de la patria mía, de Quevedo, que me entretendré en comentar (escribo para entretenerme) por si acaso no fueses persona ducha en poesías. Esa patria mía tiene significado ambivalente, se refiere tanto a la España de la época como a su propio ser (el cuerpo constituiría los muros del espíritu). Por quién caduca ya su valentía podría ser una velada referencia al rey y también al tiempo, ante el cual todo acaba caducando. Quevedo fue maestro sin par en dotar de más de un sentido a las frases, en jugar con los múltiples significados de las palabras según se puedan entender en sentido literal, metafórico o combinando ambos. El segundo cuarteto parece especialmente críptico, pero si lo piensas como alusión a la muerte, el sol (la luz celestial) acaba con el hielo (la muerte es fría) y los ganados (las almas), se quejan de las sombras del monte, que representan la oscuridad de la condena (ese paisaje me recuerda un poco al escenario de la obra conocida como Los Sueños, del mismo autor). Aunque también es la descripción de un panorama decadente, donde el agua se evapora y hasta el ganado protesta, como crítica de aquella España de los Austrias menores. Los tercetos son buena muestra de su espíritu irónico y sarcástico, y se entienden más claramente. Sí, se refieren al miembro viril, como símil de que él (o el rey) ya no tiene suficientes fuerzas ni arrestos para hacer nada. Termina con y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte, lo que vendría a acentuar el sentido espiritual de la segunda estrofa (solo se puede recordar el pasado, por tanto la muerte ya ha ocurrido), además de reforzar el análisis del tema de la composición como intimista más o menos religioso (para evitar posibles acusaciones de ofensas a la corona), pero a la vez aludiría a la muerte de la España que fue en tiempos de Felipe II. La obra me parece una crítica descarnada a la decadencia de la patria (o a sus responsables) al mismo tiempo que un lamento espiritual, al verse viejo y cercano a la muerte. Pocos poemas, sean o no sonetos, abarcarán más espacio, tanto temporal como vital.

Ten en cuenta que esta interpretación personal del sentido y significado de ese soneto quevediano podría estar totalmente equivocada, pudiendo ser merecedora del suspenso si tuviese que presentarla a examen de comentario de texto, pero es que uno es así, ácrata, de pensamiento independiente y empeñado en entender el mundo por su propia cuenta y riesgo. A más edad que tengas, más tendrías que aprovechar para ir por libre, para decir lo que sientes y no sentir lo que dices. Una vez dejada atrás la quinta década, no deberías priorizar el que dirán ante el deseo de mostrarte tal cual eres. Pienso yo porque, de lo contrario, ¿para qué sirve la experiencia?

La jubilación es un trámite social, que no vital, pero hemos estructurado la sociedad como si nos fuese la vida en ello y no es realmente así. A diferencia de las sociedades, que son productos humanos, la vida no lo es. Llegar a la vejez sabiendo distinguir no es algo que todo el mundo consiga, pero es de las pocas cosas que valen la pena.

Hay muchos aforismos y análisis que pretenden ser esclarecedores sobre cómo enfrentar la vida. Buscando un poco por el proceloso océano de internet, seguramente encontrarás algunos más de los que sin duda ya conocerás. Por lo que a este humano respecta, la cosa no reviste extraordinaria importancia. Un buen día se nace, se va compaginando la vida lo mejor que el entendimiento, las oportunidades y la suerte permiten (las circunstancias), otro buen día se muere y ya está, no es para tanto.



1

Alusión a Henry Ford. Su Fordería es el título que en la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, ostenta cada uno de los diez interventores mundiales, porque en la misma Henry Ford es Dios. La exclamación ¡Dios! es sustituida por ¡Ford! y se hace la señal de la T en lugar de la señal de la cruz (por el modelo Ford-T).  <<