Pastora y Chavito fueron nombres de una mula y un mulo, híbridos de burro y yegua como su denominación de origen indica. Los burdéganos, nacidos de caballo y burra, aparte de ser algo más pequeños y cabezudos salen con muy mal genio y siempre han sido más difíciles de manejar. O al menos eso decían quienes se atribuían conocimiento en estas materias, allá por los tiempos en que personas y animales colaboraban en el trabajo.
Chavito era de carácter dócil, tranquilón y apacible. En cierta ocasión un labrador, al que acompañaba su hijo de cinco años, araba una parcela cercana a la casa con las dos bestias formando yunta. Al terminar la jornada, estando el hombre ocupado en soltar los arreos de Pastora, le ordenó al chaval que le quitase la jáquima a Chavito, ya libre del yugo. El niño miró hacia la para él inalcanzable altura de la cabeza del mulo y le dijo a su papá que no llegaba, a lo que éste respondió: “Prueba y lo veremos”. Incrédulo pero obediente, el chico se plantó delante del cuadrúpedo y empezó a levantar los brazos. Al instante Chavito le puso el hocico en los pies; hubo de inclinarse para poder sacar la tira de cuero de detrás de las orejas del animal, que las agachaba cuanto podía. El padre, divertido, le dijo: “¿Has visto como sí llegas? Hay que intentarlo antes de rendirse”.
Pastora no es que fuese terca, como toda mula debe serlo, sino que era la mismísima terquedad hecha presencia. En ocasiones, cuando no le daba la gana de hacer caso, llegaba a sentarse incluso con la carga amarrada al lomo, prefiriendo aguantar la molesta tirantez de los aparejos en esa posición antes que obedecer. El único que la podía meter en vereda era su amigo Chavito. Cuando estaban juntos, Pastora hacía como que la cosa no iba con ella. Ella estaba allí para acompañar a Chavito, y si había que trabajar pues se trabajaba, pero no porque quisiera trabajar, sino porque su compañero lo hacía.
Sus principales tareas consistian en tirar del arado y barcinar en las tierras de cuatro casas de labor, vecinas las unas de las otras y que solían compartir aperos, sobre todo al hacer el agosto [1]. Frasco ponía el trillo, grande y con ruedas dentadas, que era mejor que la sencilla tabla de Juan, dueño de las bestias. Frasco tenía un viejo caballo cano llamado Meritano y Rafael era amo de la burra Chiquita, que de chiquita solo tenía el nombre, y la prestaba a sus convecinos para ir al pueblo a hacer las compras, que consistían en sal, azúcar, café, especias, chocolate, algunas conservas, a veces telas o algo de ropa y poco más. El sustento principal se obtenía de la tierra, los animales de granja y la caza. Los campesinos cazaban para aportar buena carne al plato de los hijos, respetaban la veda y sabían distinguir machos y hembras al primer vistazo. Entre ellos estaba mal visto cazar a las hembras de perdiz o de conejo, que eran las especies que abundaban en aquellos parajes.
Meritano y Chiquita jamás tuvieron relaciones íntimas, Pastora y Chavito fueron comprados en alguna feria de ganado. Cuando los uncían juntos eran la yunta perfecta. No había labrantía, por más repechosa que fuera, que no pudiesen arar. Dándose apoyo mutuo al estar unidos por el ubio, eran capaces de roturar terrenos en los que ni el mismo gañán podía mantener el equilibrio como no estuviese bien agarrado a los mangos del arado.
Como Chavito era mayor que Pastora le tocó morirse antes. La mula lo echaba de menos cuando la llevaban al pradillo que separaba las tierras de Juan del cortijo Botarrones. Levantaba la cabeza y miraba al frente y a los lados, como esperando que su amigo apareciera de repente por allí, para ir a pastar junto a él dando trancos con sus manos trabadas, como solía hacer en los viejos tiempos.
Pastora perdió su característica terquedad y se volvió más dócil. Juan llegó a pensar que la antigua tozudez era debida al deseo de trabajar junto a Chavito. Ya no ponía reparos a llevar cargas y caminaba dócil del ronzal. Se había vuelto indiferente al mundo, ante la falta del animal que durante tanto tiempo fue su compañero.