Más que conclusión, esto va a ser puro alarde imaginativo. Y es que puedo llegar a imaginar que existió una civilización muy antigua de la que no sabemos nada. Sería como si nuestra civilización tecnológica actual desapareciera y, al cabo de decenas o cientos de miles de años, surgiera otra que concluyera que no habíamos avanzado más allá del estado en el que actualmente se encuentran los indígenas del Amazonas, o los bosquimanos del Kalahari, porque únicamente hubiesen hallado restos y fósiles de esas tribus.
Imagino una antiquísima civilización con amplios conocimientos, pero con una tecnología más sostenible que la nuestra. Sus herramientas, aparatos, creaciones, viviendas… en definitiva su huella ecológica sería mucho menos desastrosa que la nuestra. En cuanto al porqué no se han hallado las grandes necrópolis que irían asociadas a un gran civilización, quizás la respuesta sea sencillamente que incineraban los cadáveres. O que serían tan antiguos como para que sus huesos pudiesen formar parte de nuestro petróleo. De semejante civilización sólo nos quedarían sus monumentos pétreos, erigidos tal vez con la intención de dejar algún recuerdo de su paso por este mundo. La proeza de manipular pedruscos de decenas de toneladas, amontonándolos ordenadamente y formando llamativas construcciones, vendría a ser la prueba de que podían mover enormes pesos gracias a su tecnología ya desaparecida. La memoria me muestra recuerdos del cine: en alguna película, un montoncito de piedras en equilibrio significaba que por allí había humanos. Sin duda que un montonazo de monolitos en forma de pirámide significa que por allí hubo gente capaz de pensarlo y hacerlo.
Para semejante supuesta civilización, la pirámide que llamamos de Keops vendría a ser una especie de gran (porque pequeña no es) obra de arte en todos los sentidos. Algo construido con trozos del mismo planeta (piedras), tan enorme y pesado que fuese (casi) eterno. Un monumento a las proporciones geométricas básicas y universales: la razón áurea, el número pi, el círculo y su radio, los triángulos, el cuadrado, el cubo y la raíz cuadrada, el que hoy conocemos como Teorema de Pitágoras, etc. Paralelamente, habrían creado un universo de leyendas y mitos amparado en las estrellas y constelaciones, en la “magia” de las palabras y los números, en un mundo de los vivos y otro de los muertos. Un universo mitológico de dioses y demonios al que las mentes supersticiosas de las tribus atrasadas de su época considerían sagrado y real. En ese universo tiene cabida el bien y el mal, pero el bien exige normas, disciplina, control de los impulsos primitivos y raciocinio. El mal en cambio es lo contrario: dejarse arrastrar por el animal que llevamos dentro, despreciar al otro, ansiar el poder y utilizarlo contra los demás en vez de a favor de los demás. De esos mitos y leyendas surgirían algunas religiones, que han ido evolucionando cada una por su lado, pero sostenidas por la base intuitiva de nuestra mente.
Su ciencia no consistiría tanto en comprender la mecánica del mundo sino más bien en entender cómo nuestra mente percibe y concibe el mundo. El punto se convierte en círculo, con el centro. La cruz son dos diámetros perpendiculares que nos permiten orientarnos para que, una vez sepamos donde estamos, podamos elegir nuestro camino. El triángulo es lo sólido, lo indeformable, “tres que son uno”. El cuatro es la Tierra, el espacio que ocupamos en el universo. Podemos recorrerlo de Norte a Sur y de Este a Oeste. La base de Keops es cuadrada, es la Tierra, y los triángulos de sus caras son los conocimientos sólidos, inamovibles y perpetuos, apoyados en el mundo del cual se elevan. El círculo se cuadra con cuatro triángulos, y todo el conocimiento que merece la pena conservar consiste en comprender, en aprehender, cómo es posible cuadrar el círculo. Entonces la pirámide ya no es un cuadrado, es la manifestación del círculo universal que contiene todo lo que puede existir. Es nuestro mundo como nosotros lo entendemos, representado con la mayor obra de arte (en más de un sentido) jamás realizada sobre el planeta. Una obra de arte perfecta en su conjunto e imperfecta en los detalles porque, como es bien sabido, la belleza está en la búsqueda de la perfección aunque sepamos que la perfección no existe. En estos tiempos se habla de inteligencias múltiples: lógico-matemática, emocional, musical, verbal etc., pero yo hablaría de una inteligencia intuitiva, con la que comprenderíamos el mundo a través de los símbolos fundamentales, digamos arquetípicos, y que, entre otras cosas, nos permitiría entender, asimilar conocimiento directamente con la mente sin intervención de ningún proceso asociado al raciocinio consciente, siendo la labor del maestro la de guiar hacia la revelación de aquello que ya se aprehendió meditando en, o sobre, o con, los símbolos. Desde este punto de vista, tal vez tenga sentido concebir El Horizonte de Khufu como una especie de templo iniciático del conocimiento sobre nosotros mismos.
Esto es lo que mi curiosidad acerca de ese montón de piedras en un desierto me ha llevado a imaginar. Otra cosa será el grado de certeza que lo imaginado pueda tener.