Miríadas de luces pequeñitas
descienden por la noche silenciosa.
Las manos se levantan hacia ellas;
los ojos no las ven, clavados en la sombra.
Los peces se iluminan de repente,
el límite del agua se desborda,
las flores se protegen con sus pétalos
que se queman, al contacto luminoso.
Las flores se protegen y no saben
que sin pétalos,
dejarán de ser flores en el aire.
El cristal de la imagen se destroza
y las líneas se quiebran al instante.
Ese monte ondulado de ahora,
era un mar con espumas en las olas.
En el fondo de la nada no hay sitio
para la queja de la agonía.
El cantar de las piedras interrumpe
el silencio de las luces pequeñitas.
El cantar de las piedras,
que sonaba mientras las luces morían.