Dice la constitución
de tu país que tienes
libertad de expresión.
Y tú que te lo creíste
a la calle un día saliste
para gritar:
¡Quién roba es un ladrón!
Dice la legislación
de tu país que tienes
derecho a estar calladito.
Porque el robo con contrato
no es que no sea delito,
es que es absolución,
panacea de creyentes
y dogma de redención.
Dijo la policía
que eras
peligroso antisistema,
que te tenían fichado
por acciones callejeras.
Dijo el juez
que vaya tela,
si estuvieras trabajando
no andarías por ahí
perdiendo la vida en vano.
Tu currículum decía:
“el mismo derecho tengo
yo que todos los demás”,
pero “ya no queda hueco”
respondían al preguntar.
Se procedió, justamente,
a levantar tu cadáver
firmando un papel timbrado:
una vendedora ciega,
con espada por bastón,
camino de algún mercado.
Dijeron que te pegaron,
y alegaron los policías
que ellos se defendían.
Te apartaron desmayado,
y tu sangre
goteó sobre el asfalto,
y la niebla
veló tus ojos cansados,
y La Parca
pasó rauda por tu lado.
Dijo el forense
que tu muerte fue algo extraño,
que dos costillas partidas,
un hematoma en el cráneo
y el hígado tumefacto,
no son pruebas
de que te hubiesen matado;
que hubo complicaciones
tras recibir los porrazos.
Dijo tu madre
qué suerte,
él al menos ha acabado,
que a mí todavía me queda
entregarle el piso al banco
además de la hipoteca;
y estamos todos parados.
Dijo Televisión
que al incendiarse su casa,
un matrimonio murió
sin que sepamos la causa.
Y dijo la autoridad:
“todo parece indicar
una vela no apagada;
eran familia cristiana”.
El día después, con prisas
les llegó la ejecución:
embargaron las cenizas
como única posesión.